poderes del mundo; pero si estuvo unido, muy a menudo ha enviudado. Es una clase de viuda extrañamente inmortal. > Un enemigo pudo haber dicho en un momento dado que no era más que un aspecto del poder de los césares; y hoy suena tan extraño como llamarlo un aspecto de los faraones. Un enemigo podría decir que era la fe oficial del feudalismo; y resulta tan convincente ahora como decir que estaba destinada a perecer con la antigua villa romana. Todas estas cosas siguieron ciertamente su curso hasta su fin normal, y parecía que a la religión no le quedaba otro camino que terminar con ellas. Terminó y
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. La civilización de la antigüedad era el mundo entero: y los hombres no soñaban más con su fin que con el fin de la luz del día. No podían imaginar otro orden a menos que fuera en otro mundo. La civilización del mundo ha pasado y esas palabras no han pasado. En la larga noche de la Edad Oscura, el feudalismo era algo tan familiar que ningún hombre podía imaginarse sin un señor: y la religión estaba tan tejida en esa red que ningún hombre habría creído que pudieran desgarrarse. El feudalismo mismo fue hecho garras y se pudrió en la vida popular de la verdadera Edad Media; y el primer y más fresco poder en esa nueva libertad fue la vieja religión. El feudalismo había pasado, y las palabras no pasaron. Todo el orden medieval, en muchos aspectos un hogar tan completo y casi cósmico para el hombre, se desgastó gradualmente a su vez: y al menos aquí se pensó que las palabras morirían. Marcharon a través del abismo radiante del Renacimiento y en cincuenta años utilizaban toda su luz y saber para nuevas fundaciones religiosas, nuevas apologéticas, nuevos santos.