Y brilló sobre ellos en esa hora oscura una luz que jamás se ha oscurecido; un fuego blanco adherido a ese grupo como una fosforescencia sobrenatural, abriéndose paso a través de las penumbras de la historia y desconcertando todo esfuerzo por confundirlo con las brumas de la mitología y de la teoría; ese haz de luz o relámpago con el que el mundo mismo los ha golpeado, aislado y coronado; con el que sus propios enemigos los han hecho más ilustres y sus propios críticos los han hecho más inexplicables; el halo de odio en torno a la Iglesia de Dios.
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VIII. El fin del mundo
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