filosofía cristiana. Es exactamente al revés. Hablando en términos generales, cuanto más grande es un hombre, menos probable es que formule la pretensión más grande de todas. Fuera del caso único que estamos considerando, el único tipo de hombre que llega a formular ese tipo de pretensión es un hombre muy pequeño; un monomaníaco reservado o egocéntrico. Nadie puede imaginar a Aristóteles afirmando ser el padre de los dioses y de los hombres, descendido del cielo; aunque podríamos imaginar a algún emperador romano demente como Calígula afirmándolo por él, o más probablemente por sí mismo. Nadie puede imaginar a Shakespeare hablando como si fuera literalmente divino; aunque podríamos imaginar a algún excéntrico chiflado americano descubriéndolo como un criptograma en las obras de Shakespeare, o preferiblemente en las suyas propias. Es posible encontrar aquí y allá seres humanos que formulan esta suprema pretensión sobrehumana. Es posible encontrarlos en manicomios; en celdas acolchadas; posiblemente con camisas de fuerza. Pero lo que es mucho más importante que su mera suerte materialista en nuestra sociedad tan materialista, bajo leyes sobre la locura muy toscas y torpes, es que el tipo que conocemos marcado por esto, o que tiende hacia ello, es un tipo enfermizo y desproporcionado; estrecho pero hinchado y mórbido hasta la monstruosidad. Es mediante una metáfora más bien desafortunada que hablamos de un loco como alguien agrietado (cracked); pues, en cierto sentido, no está lo suficientemente agrietado. Más que agrietado, está acalambrado o encasillado; no hay suficientes agujeros en su cabeza para ventilarla. Esta imposibilidad de dejar entrar la luz del día en un delirio sí llega a veces a albergar y ocultar un delirio de divinidad. Se le puede encontrar, no entre profetas, sabios y fundadores de religiones, sino únicamente entre un grupo mezquino de lunáticos. Pero aquí
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III. La historia más extraña del mundo
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