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nydus/The Everlasting ManPublic
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III. La historia más extraña del mundo

“Ninguna señal que se haya dado a ojos fieles o infieles mostró jamás más allá de nubes desgarradas un paraíso tan claro.

Los credos de la tierra pueden ser setenta veces siete y la sangre haber manchado cada credo, pero si tal es el reino de los cielos debe de ser el cielo en verdad.”

Pero ese paraíso no fue evidente hasta que el cristianismo lo fue despejando gradualmente. El mundo pagano, como tal, no habría entendido nada que se parezca a la sugerencia seria de que un niño es superior o más santo que un hombre. Habría parecido tan absurdo como sugerir que un renacuajo es superior o más santo que una rana. Para una mente meramente racionalista, sonaría a decir que un capullo debe ser más hermoso que una flor o que una manzana verde debe ser mejor que una madura. En otras palabras, este sentimiento moderno es un sentimiento enteramente místico. Es tan místico como el culto a la virginidad; de hecho, es el culto a la virginidad. Pero la antigüedad pagana tenía mucha más noción de la santidad de la virgen que de la santidad del niño. Por diversas razones, hoy en día hemos llegado a venerar a los niños; quizás en parte porque los envidiamos por seguir haciendo lo que los hombres solían hacer, como jugar a juegos sencillos y disfrutar de los cuentos de hadas. Más allá de esto, sin embargo, hay una gran dosis de psicología real y sutil en nuestra apreciación de la infancia; pero si lo convertimos en un descubrimiento moderno, debemos admitir una vez más que el histórico Jesús de Nazaret ya lo había descubierto dos mil años antes de tiempo. Ciertamente no había nada en el mundo que lo rodeaba que lo ayudara a hacer tal descubrimiento. Aquí Cristo fue verdaderamente humano; pero más humano de lo que cabía esperar que fuera un ser humano en aquel entonces.

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