Hay un ejemplo paralelo muy divertido en el caso de lo que se llama feminismo. A pesar de todos los cotilleos pseudocientíficos sobre el matrimonio por captura y el hombre de las cavernas golpeando a la mujer de las cavernas con una maza, cabe señalar que, tan pronto como el feminismo se convirtió en un grito de moda, se insistió en que la civilización humana en su primera etapa había sido un matriarcado. Al parecer, era la mujer de las cavernas quien llevaba la maza. De cualquier modo, todas estas ideas no son mucho mejores que meras conjeturas; y tienen una curiosa manera de seguir la suerte de las teorías y modas modernas.
En cualquier caso, no son historia en el sentido de crónica; y podemos reiterar que, cuando se trata de crónica, la amplia verdad es que la barbarie y la civilización siempre han morado lado a lado en el mundo, extendiéndose a veces la civilización para absorber a los bárbaros, decayendo a veces en una barbarie relativa, y poseyendo en casi todos los casos, de una forma más acabada, ciertas ideas e instituciones que los bárbaros poseen de un modo más rudimentario; tales como el gobierno o la autoridad social, las artes y especialmente las artes decorativas, misterios y tabúes de diversos tipos que giran en torno, sobre todo, al asunto del sexo, y alguna forma de esa cosa fundamental que constituye la principal preocupación de esta investigación: aquello que llamamos religión.
Ahora bien, Egipto y Babilonia, esos dos monstruos primordiales, podrían haber sido provistos especialmente como modelos en este asunto. Casi podrían llamarse modelos prácticos para demostrar cómo estas teorías modernas no funcionan. Las dos grandes verdades que conocemos sobre estas dos grandes culturas resultan contradecir rotundamente las dos falacias corrientes que acaban de considerarse.
La historia de Egipto podría haberse inventado para ilustrar la moraleja de que el hombre no comienza necesariamente con el despotismo por ser