anécdota filosófica o acontecimiento histórico, nos afecta de hecho a ninguno de nosotros con esa impresión peculiar y hasta conmovedora producida en nosotros por la palabra Belén. Ningún otro nacimiento de un dios o infancia de un sabio nos parece Navidad o algo parecido a la Navidad. Es o bien demasiado frío o demasiado frívolo, o bien demasiado formal y clásico, o bien demasiado simple y salvaje, o bien demasiado oculto y complicado. Ni uno solo de nosotros, cualesquiera que sean sus opiniones, iría jamás a una escena así con la sensación de que iba a casa. Podría admirarla por ser poética, o por ser filosófica, o por cualquier otra serie de cosas aisladas; pero no por ser ella misma. La verdad es que hay un carácter muy peculiar e individual en el arraigo de esta historia en la naturaleza humana; su sustancia psicológica no se parece en absoluto a una mera leyenda o a la vida de un gran hombre. No dirige exactamente nuestras mentes, en el sentido ordinario, hacia la grandeza; hacia esas extensiones y exageraciones de la humanidad que se convierten en dioses y héroes, incluso por el tipo más saludable de culto al héroe. No obra exactamente hacia fuera, con espíritu aventurero, en busca de las maravillas que se hallan en los confines de la tierra. Es más bien algo que nos sorprende por la espalda, desde la parte oculta y personal de nuestro ser; como eso que a veces puede tomarnos desprevenidos en el patetismo de los objetos pequeños o las piedades ciegas de los pobres. Es más bien como si un hombre hubiera encontrado una habitación interior en el mismo corazón de su propia casa que nunca antes hubiera sospechado; y hubiera visto una luz desde dentro. Es como si encontrara algo en el fondo de su propio corazón que lo delatara hacia el bien. No está hecho de lo que el mundo llamaría materiales fuertes; o más bien está hecho de materiales cuya fuerza reside en esa ligereza
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I. El dios en la cueva
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