En cierto sentido, están allí porque el mesonero ni siquiera los recordaría, y en otro, porque el rey jamás puede olvidarlos. Ya hemos señalado que esta paradoja apareció también en el trato que se dio a la Iglesia primitiva. Fue importante mientras aún era insignificante, y ciertamente mientras seguía siendo impotente. Fue importante únicamente porque era intolerable; y en ese sentido es verdad decir que era intolerable porque era intolerante. Se le guardaba resentimiento porque, a su manera silenciosa y casi secreta, había declarado la guerra. Había surgido de las profundidades de la tierra para arruinar el cielo y la tierra del paganismo. No intentó destruir toda aquella creación de oro y mármol; pero contemplaba un mundo sin ella. Se atrevió a mirarla a través, como si el oro y el mármol hubieran sido de cristal. Los que acusaron a los cristianos de incendiar Roma con antorchas eran unos difamadores; pero al menos estaban mucho más cerca de la naturaleza del cristianismo que aquellos modernos que nos dicen que los cristianos eran una especie de sociedad ética, martirizados de un modo lánguido por decir a los hombres que tenían un deber hacia sus semejantes, y que solo eran levemente aborrecidos porque eran mansos y apacibles.
Herodes tenía, por tanto, su lugar en el misterio de Belén porque es la amenaza contra la Iglesia Militante y la muestra desde el principio asediada y luchando por su vida. Para quienes piensen que esto es una disonancia, es una disonancia que suena simultáneamente con las campanas de Navidad. Para quienes piensen que la idea de la Cruzada es algo que arruina la idea de la Cruz, solo podemos decir que para ellos la idea de la Cruz está arruinada; la idea de la Cruz está arruinada, muy literalmente, en la Cuna. No viene al caso polemizar con ellos sobre la ética abstracta de la lucha; el propósito en este lugar es simplemente