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nydus/The Everlasting ManPublic
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VI. Los demonios y los filósofos

El Faraón Hereje tenía una filosofía más sincera y tal vez más humilde. Pues existe un corolario a la idea de ser demasiado orgulloso para luchar. Y es que son los humildes los que tienen que hacer la mayor parte de la lucha. Como fuere, el príncipe egipcio fue lo suficientemente ingenuo como para tomarse su propia filosofía en serio y, solo entre tales príncipes intelectuales, acometió una especie de golpe de Estado; derribando a los dioses supremos de Egipto con un solo gesto imperial y alzando para todos los hombres, como un espejo ardiente de verdad monoteísta, el disco del sol universal. Tenía otras ideas interesantes que a menudo se encuentran en estos idealistas. En el sentido en que hablamos de un Little Englander (un inglés aislacionista), él era un Little Egypter (un egipcio aislacionista). En el arte era realista porque era idealista; pues el realismo es más imposible que cualquier otro ideal. Pero, al fin y al cabo, sobre él recae algo de la sombra de Marco Aurelio; acosado por la sombra del profesor Phillimore. Lo que le pasa a esta noble clase de príncipe es que en ninguna parte ha dejado de ser del todo un pedante. La pedantería es un olor tan penetrante que se aferra, entre las especias marchitas, incluso a una momia egipcia. Lo que le pasaba al Faraón Hereje, al igual que a bastantes otros herejes, era que probablemente nunca se detuvo a preguntarse si había algo en las creencias y los relatos populares de gentes menos educadas que él. Y, como ya se ha sugerido, había algo en ellos. Había una verdadera hambre humana en todo ese elemento de rasgos y localidad, en esa procesión de deidades semejantes a enormes animales de compañía, en esa vigilia infatigable en ciertos lugares embrujados, en todo el laberíntico deambular de la mitología. Es posible que la naturaleza no lleve el nombre de Isis; puede que Isis no esté buscando realmente a Osiris. Pero es verdad que la naturaleza busca

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