pesimismo. Quizá tome la forma de ascetismo; los hombres se mutilarán en lugar de limitarse a ahorcarse». O bien se podría haber dicho con toda razón: «Si nos cansamos de nuestros dioses griegos y latinos, andaremos tras algún misterio oriental; habrá una moda de persas o hindúes». O un hombre de mundo podría haber sido lo suficientemente astuto como para decir: «La gente poderosa está adoptando estas modas pasajeras; algún día la corte adoptará una de ellas y puede que se vuelva oficial». O a otro profeta aún más sombrío se le podría perdonar que dijera: «El mundo va cuesta abajo; regresarán supersticiones oscuras y bárbaras, no importa mucho cuál. Todas serán amorfas y fugaces como sueños de la noche».
Ahora bien, lo más sumamente interesante del caso es que todas estas profecías se cumplieron realmente; pero no fue la Iglesia quien las cumplió. Fue la Iglesia la que escapó de ellas, las confundió y se elevó sobre ellas en triunfo. En la medida en que era probable que la mera naturaleza del hedonismo produjera una mera reacción de ascetismo, produjo una mera reacción de ascetismo. Fue el movimiento llamado maniqueo, y la Iglesia fue su enemiga mortal. En la medida en que habría aparecido de forma natural en ese punto de la historia, apareció; y también desapareció, lo cual era igualmente natural. La mera reacción pesimista llegó con los maniqueos y se fue con los maniqueos. Pero la Iglesia no vino con ellos ni se fue con ellos; y tuvo mucho más que ver con su marcha que con su llegada. O bien, en la medida en que era probable que incluso el auge del escepticismo introdujera una moda de la religión oriental, la introdujo; Mitra vino de mucho más allá de Palestina, del corazón de Persia,