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nydus/The Everlasting ManPublic
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VII. La Guerra de los Dioses y los Demonios

y los morenos númidas sobre sus caballos indómitos del desierto girando y lanzándose en picada como halcones, y multitudes enteras de desertores y mercenarios y pueblos misceláneos; y la Gracia de Baal iba delante de ellos.

Los augures y los escribas romanos que dijeron en aquella hora que aquello traía prodigios ultraterrenos, que había nacido un niño con cabeza de elefante o que las estrellas caían como granizos, poseían una comprensión mucho más filosófica de lo que realmente había sucedido que el historiador moderno que no ve en ello más que un éxito de estrategia que ponía fin a una rivalidad comercial. Algo muy distinto se sintió en el momento y sobre el terreno, tal como lo sienten siempre quienes experimentan una atmósfera extraña que penetra en la propia como una niebla o un hedor nauseabundo. No fue una mera derrota militar, ni por supuesto una mera rivalidad mercantil, lo que llenó la imaginación romana con tan espantosos presagios de que la propia naturaleza se volvía antinatural. Era Moloc sobre el monte de los latinos, mirando con su rostro aterrador a través de la llanura; era Baal que pisoteaba los viñedos con sus pies de piedra; era la voz de Tanit la invisible, tras sus velos flotantes, susurrando sobre el amor que es más horrible que el odio. La quema de los trigales italianos, la ruina de las vides italianas, eran algo más que reales; eran alegóricas. Eran la destrucción de las cosas domésticas y fructíferas, el marchitamiento de lo humano ante esa inhumanidad que está mucho más allá de la cosa humana llamada crueldad. Los dioses lares se inclinaban profundamente en la oscuridad bajo sus humildes techos; y por encima de ellos pasaban los demonios en un

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