más aún, de la economía. Los mensajes enviados por Aníbal de vez en cuando pidiendo refuerzos eran un anacronismo ridículo; había cosas mucho más importantes de las que ocuparse ahora. Podría ser verdad que algún cónsul u otro hubiera hecho una última incursión hasta el Metauro, hubiera matado al hermano de Aníbal y arrojado su cabeza, con furia latina, al campamento de Aníbal; y acciones demenciales de esa clase demostraban cuán absolutamente desesperados se sentían los latinos respecto a su causa. Pero ni siquiera unos latinos exaltados podían estar tan locos como para aferrarse a una causa perdida para siempre. Así razonaban los mejores expertos financieros; y descartaban cada vez más cartas, llenas de informes alarmistas bastante extraños. Así razonaba y actuaba el gran Imperio cartaginés. Ese prejuicio sin sentido, la maldición de los Estados comerciales —la necedad de creer que la estupidez es de algún modo práctica y que el genio es de algún modo inútil—, los llevó a privar de recursos y abandonar a ese gran artista en la escuela de las armas, a quien los dioses les habían dado en vano.
¿Por qué albergan los hombres esta extraña idea de que lo sórdido siempre debe derrotar a lo magnánimo; de que existe una vaga conexión entre la inteligencia y la brutalidad, o de que no importa que un hombre sea aburrido con tal de que sea también mezquino? ¿Por qué consideran vagamente que toda caballería es sentimentalismo y todo sentimentalismo es debilidad? Lo hacen porque, como todos los hombres, están inspirados principalmente por la religión. Para ellos, como para todos los hombres, el primer hecho es su noción de la naturaleza de las cosas; su idea sobre el mundo en el que viven. Y su fe consiste en que lo único definitivo es el miedo y, por tanto, que el corazón mismo del mundo es malvado. Creen