Europa evolucionó hacia sus propios vicios y su propia impotencia, como se sugerirá en otra página; pero lo peor en lo que desembocó no se parecía a aquello de lo que se había librado. ¿Puede algún hombre en su sano juicio comparar a la gran muñeca de madera, a la que los niños esperaban que comiera un poquito de la cena, con el gran ídolo del que se habría esperado que se comiera a los niños? Esa es la medida de cuán lejos se desvió el mundo, en comparación con cuán lejos podría haberse desviado. Si los romanos fueron despiadados, lo fueron en un sentido verdadero con un enemigo, y ciertamente no meramente con un rival. No recordaban rutas comerciales y normativas, sino los rostros de hombres burlones; y aborrecían el alma aborrecible de Cartago. Y les debemos algo si nunca tuvimos que derribar los bosques sagrados de Venus exactamente como los hombres derribaban los bosques sagrados de Baal. Debemos en parte a su dureza que nuestros pensamientos sobre nuestro pasado humano no sean totalmente duros. Si el paso del paganismo al cristianismo fue un puente además de una brecha, se lo debemos a quienes mantuvieron humano aquel paganismo. Si, después de todos estos siglos, nos hallamos en cierto modo en paz con el paganismo, y podemos pensar con mayor benevolencia en nuestros padres, es bueno recordar las cosas que fueron y las cosas que habrían podido ser. Solo por esta razón podemos sobrellevar a la ligera el peso de la antigüedad y no necesitamos estremecernos ante una ninfa en una fuente o un cupido en una tarjeta de San Valentín. La risa y la tristeza nos vinculan con cosas que se desvanecieron hace mucho y se recuerdan sin deshonra; y podemos ver, no del todo sin ternura, el crepúsculo descender sobre la granja sabina y oír a los lares regocijarse cuando Catulo vuelve a casa en Sirmio. Deleta est Carthago.
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VII. La Guerra de los Dioses y los Demonios
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