más comprendamos realmente las condiciones antiguas que contribuyeron a la cultura definitiva de la Fe, mayor será nuestra reverencia real, e incluso realista, hacia la grandeza de los Profetas de Israel. Tal como fueron las cosas, mientras el mundo entero se fundía en esta masa de mitología confusa, esta Deidad a la que se tacha de tribal y estrecha, precisamente por ser lo que se llama tribal y estrecha, preservó la religión primigenia de toda la humanidad. Era lo suficientemente tribal como para ser universal. Era tan estrecho como el universo.
En una palabra, existía un dios pagano popular llamado Júpiter-Amón. Jamás existió un dios llamado Jehová-Amón. Jamás existió un dios llamado Jehová-Júpiter. Si lo hubiera habido, sin duda habría existido otro llamado Jehová-Moloc. Mucho antes de que los amalgamadores liberales e ilustrados hubieran llegado tan lejos como Júpiter, la imagen del Señor de los Ejércitos se habría deformado hasta perder cualquier atisbo de un creador y soberano monoteísta, y se habría convertido en un ídolo mucho peor que cualquier fetiche salvaje; pues habría podido ser tan civilizado como los dioses de Tiro y Cartago. Lo que significó esa civilización lo examinaremos con más detalle en el capítulo siguiente; cuando observemos cómo el poder de los demonios estuvo a punto de destruir Europa y hasta la salud pagana del mundo. Pero el destino del mundo se habría distorsionado de un modo aún más fatal si el monoteísmo hubiera fracasado en la tradición mosaica. Espero demostrar en una sección posterior que no me es ajena la simpatía por toda esa salud del mundo pagano que dio origen a sus cuentos de hadas y a sus caprichosos romances religiosos. Pero espero demostrar también que estos estaban condenados al fracaso a la larga; y el mundo se habría perdido de haber sido incapaz de retornar a aquella gran sencillez original de una sola autoridad en todas las cosas.