El paganismo vivía de la poesía; esa poesía ya considerada bajo el nombre de mitología. Pero en todas partes, y especialmente en Italia, había sido una mitología y una poesía arraigadas en el campo; y esa religión rústica había sido en gran medida responsable de la felicidad rústica. Tan solo a medida que toda la sociedad crecía en edad y experiencia, comenzó a aparecer en toda mitología aquella debilidad ya señalada en el capítulo con ese nombre. Esta religión no era del todo una religión. En otras palabras, esta religión no era del todo una realidad. Era el desenfreno del mundo joven con imágenes e ideas como el desenfreno de un joven con el vino o los amorales; no era tanto inmoral cuanto irresponsable; no tenía previsión de la prueba final del tiempo. Como era creativa hasta cualquier punto, era crédula hasta cualquier punto. Pertenecía al lado artístico del hombre, mas, aun considerada artísticamente, hacía tiempo que se había vuelto sobrecargada y enmarañada. Los árboles genealógicos nacidos de la semilla de Júpiter eran una jungla más que un bosque; las pretensiones de los dioses y semidioses parecían asuntos que debía resolver más bien un abogado o un heraldo profesional que un poeta. Pero es innecesario decir que no solo en el sentido artístico estas cosas se habían vuelto más anárquicas. Había aparecido de un modo cada vez más flagrante esa flor del mal que en realidad está implícita en la misma semilla de la adoración a la naturaleza, por muy natural que parezca. He dicho que no creo que la adoración natural comience necesariamente con esta pasión en particular; no pertenezco a la escuela de folclore científico de De Rougemont. No creo que la mitología deba comenzar en el erotismo. Pero sí creo que la mitología debe terminar en él. Estoy muy seguro de que la mitología terminó en él. Además, no solo la poesía se volvió más inmoral, sino que la inmoralidad se volvió más indefendible. Los vicios griegos, los vicios orientales,
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VIII. El fin del mundo
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