ocurrido una transición a la que los huesos y las piedras por su propia naturaleza no pueden dar testimonio; y el hombre se convirtió en un alma viviente.
A propósito de esta cuestión sobre el origen de la religión, la verdad es que quienes intentan explicarla de este modo pretenden dis-olverla con explicaciones.
Subconscientemente sienten que parece menos formidable cuando se alarga así en un proceso gradual y casi invisible. Pero, de hecho, esta perspectiva falsifica por completo la realidad de la experiencia.
Reúnen dos cosas que son totalmente diferentes, los vagos indicios de los orígenes evolutivos y el bloque sólido y evidente por sí mismo de la humanidad, e intentan cambiar su punto de vista hasta verlos en una sola línea escorzada. Pero es una ilusión óptica.
De hecho, los hombres no se relacionan con los monos o los eslabones perdidos en una cadena como aquella en la que los hombres se relacionan con los hombres. Puede haber habido criaturas intermedias cuyas débiles huellas se encuentran aquí y allá en el enorme abismo. De estos seres, si alguna vez existieron, puede ser cierto que eran cosas muy distintas de los hombres o hombres muy distintos de nosotros.
Pero de los hombres prehistóricos, como los llamados hombres de las cavernas o hombres del reno, no es cierto en ningún sentido. Los hombres prehistóricos de esa clase eran cosas exactamente iguales a los hombres y hombres sumamente iguales a nosotros. Simplemente da la casualidad de que son hombres sobre los que no sabemos mucho, por la sencilla razón de que no han dejado registros ni crónicas; pero todo lo que sabemos de ellos los hace tan humanos y corrientes como los hombres de un señorío medieval o de una ciudad griega.
Mirando desde nuestro punto de vista humano hacia la larga perspectiva de la humanidad, simplemente reconocemos esta cosa como humana.