hasta Confucio con su religión de rutina, no hay ni una sola que de algún modo no peque contra el alma de un cuento. No hay ninguna que capte verdaderamente esta noción humana del relato, la prueba, la aventura; la prueba de fuego del hombre libre. Cada una de ellas priva al instinto de contar historias, por decirlo así, y hace algo para arruinar la vida humana considerada como un romance; * ya sea por el fatalismo (pesimista u optimista) y ese destino que es la muerte de la aventura; * o por la indiferencia y ese desapego que es la muerte del drama; * o por un escepticismo fundamental que disuelve a los actores en átomos; * o por una limitación materialista que bloquea la perspectiva de las consecuencias morales; * o por una recurrencia mecánica que hace que hasta las pruebas morales sean monótonas; * o por una relatividad sin fondo que hace que hasta las pruebas prácticas sean inseguras. Existe algo llamado historia humana; y existe algo llamado la historia divina que es también una historia humana. Pero no existe algo como una historia hegeliana o una historia monista o una historia relativista o una historia determinista. Pues toda historia, sí, incluso una novela de a penique o una novelucha barata, tiene algo en ella que pertenece a nuestro universo y no al de ellos. Todo relato corto comienza verdaderamente con la creación
Y esa es la razón por la que los mitos y los filósofos estuvieron en guerra hasta que vino Cristo. Por eso la democracia ateniense mató a Sócrates por respeto a los dioses; y por eso cada sofista ambulante se daba aires de Sócrates siempre que podía hablar de los dioses de un modo superior; y por eso el faraón