Pero aquel período anterior no pasó sin haber legado al mundo dones tan grandes que el mundo desde entonces se ha esforzado en vano por recompensarlos, si no es mediante el plagio.
En algún lugar de la costa jónica, frente a Creta y las islas, había una ciudad de algún tipo, probablemente del tipo que llamaríamos un pueblo o aldea con muralla. Se llamaba Ilión, pero llegó a llamarse Troya, y su nombre jamás perecerá sobre la tierra.
Un poeta que pudo haber sido un mendigo y un cantaautor, que pudo haber sido incapaz de leer y escribir, y a quien la tradición describió como ciego, compuso un poema sobre los griegos que iban a la guerra contra esta ciudad para recuperar a la mujer más hermosa del mundo.
Que la mujer más hermosa del mundo viviera en esa pequeña ciudad suena a leyenda; que el poema más hermoso del mundo fuera escrito por alguien que no conocía nada más grande que esas pequeñas ciudades es un hecho histórico.
Se dice que el poema llegó al final de un periodo; que la cultura primitiva lo engendró en su decadencia; en cuyo caso a uno le habría gustado ver esa cultura en su apogeo. Pero de cualquier modo es verdad que este, que es nuestro primer poema, bien podría ser también nuestro último poema.
Bien podría ser la última palabra, así como la primera, dicha por el hombre sobre su suerte mortal, vista a través de una visión meramente mortal. Si el mundo se vuelve pagano y perece, el último hombre que quede con vida haría bien en citar la Ilíada y morir.
Pero en esta gran revelación humana de la antigüedad hay otro elemento de gran importancia histórica, al que apenas, creo yo, se le ha dado su debido lugar en la historia.