Y esto es lo que debemos comprender, aun a costa de una digresión, si queremos ver lo que realmente sucedió en el Mediterráneo; cuando, justo en el camino del surgimiento de la República sobre el Tíber, una entidad que la superaba y la desdeñaba, oscura con todos los enigmas de Asia y arrastrando tras de sí a todas las tribus y dependencias del imperialismo, apareció Cartago surcando los mares.
La antigua religión de Italia era en conjunto esa mezcla que hemos considerado bajo el epígrafe de mitología; salvo que, donde los griegos tenían una inclinación natural por la mitología, los latinos parecen haber tenido una inclinación real por la religión. Ambos multiplicaron los dioses, mas a veces parecen haberlos multiplicado por razones casi opuestas. A veces parecería como si el politeísmo griego se ramificara y floreciera hacia arriba como las ramas de un árbol, mientras que el politeísmo itálico se ramificaba hacia abajo como las raíces. Tal vez sea más exacto decir que las primeras ramas se alzaban ligeras, cargadas de flores; mientras que las segundas pendían hacia abajo, pesadas de frutos. Quiero decir que los latinos parecen multiplicar los dioses para acercarlos a los hombres, mientras que los dioses griegos se elevaban e irradiaban hacia afuera en el cielo matutino. Lo que nos impresiona de los cultos itálicos es su carácter local y, especialmente, doméstico. Obtenemos la impresión de divinidades revoloteando por la casa como moscas; de deidades agruparándose y adhiriéndose como murciélagos a los pilares, o anidando como pájaros bajo los aleros. Tenemos la visión de un dios de los tejados y un dios de los postes de las puertas, de un dios de las puertas e incluso de un dios de las alcantarillas. Se ha sugerido que toda mitología era una especie de cuento de hadas; pero este era un tipo particular de cuento de hadas que bien puede