Pero no hay ni un ápice de evidencia de que el gobierno primitivo fuera despótico y tiránico. Puede haberlo sido, por supuesto, pues pudo haber sido cualquier cosa o incluso nada; puede que ni siquiera haya existido. Pero el despotismo en ciertas tribus sombrías y decadentes del siglo veinte no prueba que los primeros hombres fueran gobernados despóticamente. Ni siquiera lo sugiere; ni siquiera empieza a insinuarlo.
Si hay un hecho que realmente podemos demostrar, a partir de la historia que verdaderamente conocemos, es que el despotismo puede ser una evolución, a menudo una evolución tardía y muy frecuentemente el final de sociedades que han sido altamente democráticas.
Un despotismo casi puede definirse como una democracia cansada. A medida que la fatiga se apodera de una comunidad, los ciudadanos se muestran menos dispuestos a esa eterna vigilancia que con tanta razón se ha calificado como el precio de la libertad; y prefieren armar a un solo centinela para que vigile la ciudad mientras ellos duermen.
También es verdad que a veces lo necesitaron para algún acto de reforma repentino y militante; es igualmente verdad que a menudo él se aprovechó de ser el hombre fuerte armado para comportarse como un tirano, a la manera de algunos de los sultanes de Oriente.
Pero no alcanzo a ver por qué el Sultán habría de aparecer en la historia antes que muchas otras figuras humanas. Por el contrario, el hombre fuerte y armado depende obviamente de la superioridad de su armadura; y el armamento de esa clase surge con una civilización más compleja. Un hombre puede matar a veinte con una ametralladora; es evidentemente menos probable que pudiera hacerlo con un trozo de pedernal. En cuanto al tópico actual de que el hombre más fuerte gobierna por la fuerza y el temor, no es más que un cuento infantil sobre un gigante de cien manos. Veinte hombres podrían dominar al hombre más fuerte en cualquier sociedad, antigua o moderna. Indudablemente podrían