Los talentos de Mary no estaban de ningún modo preparados para semejante despliegue; su voz era débil y sus modales afectados. Elizabeth estaba en la agonía. Miró a Jane para ver cómo lo soportaba, pero Jane hablaba muy serenamente con Bingley. Miró a las dos hermanas de este y las vio haciéndose gestos de burla la una a la otra, y a Darcy, que sin embargo seguía impenetrablemente serio. Miró a su padre para suplicarle su intervención, no fuera a ser que Mary se pasara cantando toda la noche. Él captó la indirecta y, cuando Mary hubo terminado su segunda canción, dijo en voz alta:
—Eso estará muy bien, hija mía. Ya nos has deleitado bastante. Deja que las otras jóvenes tengan tiempo de lucirse.
Mary, aunque fingía no oír, se sintió un tanto desconcertada; y Elizabeth, sintiéndolo por ella y por el comentario de su padre, temía que su inquietud no hubiera servido de nada. Se recurrió entonces a otros miembros del grupo.
—Si yo —dijo el señor Collins— tuviera la fortuna de poder cantar, tendría muchísimo gusto, estoy seguro, en complacer a la compañía con una melodía; pues considero la música como una diversión muy inocente y perfectamente compatible con la profesión de clérigo. No pretendo afirmar con ello, sin embargo, que se pueda estar justificado dedicando demasiado tiempo a la música, pues ciertamente hay otras cosas a las que se debe atender.
El rector de una parroquia tiene mucho que hacer. En primer lugar, debe llegar a un acuerdo sobre los diezmos que le resulte beneficioso a él y no ofenda a su patrón. Debe escribir sus propios sermones; y el tiempo que le quede no será demasiado para sus deberes parroquiales, y el cuidado y mejora de su vivienda, de cuya comodidad máxima no puede eximirse. Y