muy noble dama a quien tengo el honor de llamar patrona. Dos veces se ha dignado darme su opinión (¡y eso sin pedírsela!) sobre este asunto; y fue precisamente el sábado por la noche antes de marcharme de Hunsford —entre nuestras partidas de cuadrille, mientras la señora Jenkinson arreglaba el escabel de la señorita de Bourgh— cuando dijo: «Sr. Collins, usted debe casarse. Un clérigo como usted debe casarse. Elija debidamente, elija a una damisela por mí; y por su propio bien, que sea una persona activa y hacendosa, no de alta cuna, pero capaz de hacer que unos ingresos modestos cundan mucho. Este es mi consejo. Busque a una mujer así tan pronto como pueda, tráigala a Hunsford y yo la visitaré».
Permítame, por cierto, observar, hermosa prima, que no considero la atención y bondad de lady Catherine de Bourgh entre las menores de las ventajas que tengo a mi disposición para ofrecer.
Hallará usted sus maneras más allá de todo lo que pueda describir; y creo que su ingenio y vivacidad le resultarán gratos, especialmente cuando estén atemperados por el silencio y el respeto que su rango inevitablemente suscitará.
Hasta aquí mi intención general en favor del matrimonio; falta por explicar por qué dirigí mis miras a Longbourn en lugar de a mi propia vecindad, donde, se lo aseguro, hay muchas jóvenes amables. Pero el caso es que, siendo yo, como soy, quien ha de heredar esta propiedad tras el fallecimiento de su honrado padre (quien, sin embargo, puede vivir muchos años más), no podía quedarme tranquilo sin proponer -me elegir a una esposa entre sus hijas, para que la pérdida para ellas fuera lo menor posible cuando ocurra el melancólico acontecimiento —el cual, sin embargo, como ya he dicho, tal vez no tenga lugar hasta dentro de varios años. Este ha sido mi motivo, mi hermosa prima, y me halaga pensar que no hará que baje en su estima.