Elizabeth dijo lo menos posible a ambos que la cortesía le permitía, y volvió a sentarse a su labor, con un entusiasmo que esta no solía inspirarle. Solo se habia atrevido a dedicarle una mirada a Darcy. Él parecía tan serio como de costumbre; y le pareció que tenía más el aspecto que solía mostrar en Hertfordshire que el que le habia visto en Pemberley. Pero, tal vez, en presencia de su madre no podia ser como había sido ante su tío y su tía. Era una conjetura dolorosa, pero no improbable.
A Bingley lo había visto también por un instante, y en ese breve período lo vio con una expresión que denotaba a la vez agrado y desconcierto. Mrs. Bennet lo recibió con una gentileza que avergonzó a sus dos hijas, sobre todo al contrastarla con la fría y ceremoniosa cortesía de su reverencia y sus palabras hacia el amigo de este.
Elizabeth, en especial, que sabía que su madre le debía a este último la salvación de