ademán formal de la mano—, que es costumbre entre las señoritas rechazar las propuestas del hombre que en secreto piensan aceptar, cuando este solicita por primera vez su favor; y que a veces la negativa se repite por segunda o incluso tercera vez. Por lo tanto, lo que acaba de decir no me desanima en absoluto, y confío en llevarla al altar en poco tiempo.
—¡Válgame Dios, caballero —exclamó Elizabeth—, su esperanza es de lo más extraña después de mi declaración! Le aseguro que no soy una de esas jóvenes (si es que tales jóvenes existen) que son tan atrevidas como para jugarse la felicidad a la carta de que se lo pidan por segunda vez. Hablo absolutamente en serio al rechazarlo. Usted no podría hacerme feliz, y estoy convencida de que yo soy la última mujer en el mundo que se lo haría a usted. Es más, si su ilustre señora tía, Lady Catherine, me conociera, estoy persuadida de que me hallaría en todos los aspectos poco calificada para el puesto.