el verano pasado volvió a importunar mi atención de la manera más penosa. Debo mencionar ahora una circunstancia que desearía olvidar por mí mismo, y que ninguna obligación menor que la presente me induciría a desvelar a ningún ser humano. Tras haber dicho tanto, no abrigo ninguna duda de su discreción. Mi hermana, que es más de diez años menor que yo, quedó bajo la tutela del sobrino de mi madre, el coronel Fitzwilliam, y mía. Hace aproximadamente un año la sacaron de la escuela y se le estableció una casa en Londres; y el verano pasado fue con la señora que la presidía a Ramsgate; y allí fue también el señor Wickham, sin duda deliberadamente, pues resultó haber existido un conocimiento previo entre él y la señora Younge, en cuyo carácter fuimos infelizmente engañados; y con su connivencia y ayuda, se granjeó tanto la confianza de Georgiana, cuyo tierno corazón guardaba un fuerte recuerdo de la bondad que le había tenido de niña, que la persuadió de creerse enamorada y de consentir una fuga. Ella tenía entonces solo quince años, lo cual debe servirle de disculpa; y tras relatar su imprudencia, me alegra añadir que el conocimiento de esta se lo debí a ella misma. Me uní a ellos de forma inesperada uno o dos días antes de la pretendida fuga y entonces Georgiana, incapaz de soportar la idea de afligir y ofender a un hermano a quien consideraba casi como a un padre, me lo confesó todo. Puede imaginarse lo que sentí y cómo actué. El respeto por el crédito y los sentimientos de mi hermana impidió cualquier escándalo público, pero le escribí al señor Wickham, quien abandonó el lugar de inmediato, y la señora Younge fue, por supuesto, destituida de su cargo. El objetivo principal del señor Wickham era indudablemente la fortuna de mi hermana, que asciende a
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Capítulo XXXV
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