que se ocupaba por entero en escuchar lo que decía y en colocar un biombo en la dirección adecuada ante sus ojos.
Después de estar sentados unos minutos, todos fueron enviados a una de las ventanas para admirar la vista; el señor Collins los acompañaba para señalarles sus bellezas, y Lady Catherine les informaba amablemente que valía mucho más la pena mirarla en verano.
La cena fue sumamente espléndida, y no faltaron ninguno de los sirvientes ni ninguna de las piezas de vajilla plateada que el señor Collins había prometido; y, tal como también había pronosticado, ocupó su lugar en la cabecera inferior de la mesa, por deseo de su señoría, y con el aspecto de quien siente que la vida no le puede ofrecer nada más grande. Trinó, comió y alabó con encantada presteza; y cada plato era elogiado, primero por él y luego por Sir William, quien ya estaba lo bastante recuperado como para hacerse eco de todo lo que decía su yerno, de un modo que a Elizabeth le sorprendía que Lady Catherine pudiera soportar. Pero Lady Catherine parecía gratificada por la excesiva admiración de ambos y regalaba sonrisas de lo más clementes, especialmente cuando algún plato de la mesa resultaba ser una novedad para ellos. La reunión no dio para mucha conversación. Elizabeth estaba lista para hablar siempre que se presentara la ocasión, pero estaba sentada entre Charlotte y la señorita de Bourgh; la primera de las cuales estaba ocupada escuchando a Lady Catherine, y la segunda no le dirigió ni una palabra en toda la cena. La señora Jenkinson se ocupaba principalmente de vigilar lo poco que comía la señorita de Bourgh, instándola a probar algún otro plato y temiendo que se sintiera indisuesta. Maria consideraba que hablar era imposible, y los caballeros no hacían otra cosa que comer y admirar.
Cuando las señoras regresaron al salón, poco quedó por hacer aparte de escuchar hablar a lady Catherine, lo cual hizo sin interrupción alguna hasta que llegó el café, emitiendo su opinión sobre cada tema de manera