Llegó el día de la boda de su hermana; y Jane y Elizabeth sintieron por ella probablemente más de lo que ella sentía por sí misma. El carruaje fue enviado a su encuentro en ⸻, y debían regresar en él, a la hora de cenar.
Su llegada era temida por las mayores de las Miss Bennet; y Jane, muy especialmente, quien atribuía a Lydia los sentimientos que habría experimentado ella misma de haber sido la culpable, se sentía desgraciada al pensar en lo que su hermana debía de soportar.
Llegaron. La familia estaba reunida en el salón del desayuno para recibirlos. Las sonrisas adornaban el rostro de la señora Bennet cuando el carruaje se detuvo ante la puerta; su marido lucía impenetrable y serio; sus hijas, alarmadas, ansiosas, inquietas.
Se oyó la voz de Lydia en el vestíbulo; se abrió la puerta de par en par y ella entró corriendo en la habitación.
Su madre dio un paso al frente, la abrazó y la recibió con éxtasis; le dio la mano con una sonrisa afectuosa a Wickham, que seguía a su esposa, y les deseó felicidades a ambos con una presteza que no mostraba la menor duda sobre su felicidad.
La acogida por parte del señor Bennet, hacia quien se dirigieron a continuación, no fue tan cordial. Su semblante se volvió más bien austero y apenas abrió los labios. La desenvuelta seguridad de la joven pareja era, en verdad, como para exasperarle. Elizabeth sentía repugnancia, y hasta la señorita Bennet estaba escandalizada. Lydia seguía siendo Lydia; indómita, descarada, alocada,