—Pero ¿puedes creer que Lydia esté tan ciega a todo que no sea su amor por él, como para consentir en vivir con él bajo otras condiciones que no sean las del matrimonio?
—Parece, y es en verdad de lo más chocante —respondió Elizabeth, con lágrimas en los ojos—, que el sentido del decoro y de la virtud de una hermana en un asunto así admita dudas.
Pero, la verdad, no sé qué decir. Quizá no le esté haciendo justicia. Pero es muy joven; jamás le han enseñado a pensar en asuntos serios; y durante los últimos seis meses, qué digo, durante un año entero, se ha entregado únicamente a la diversión y a la vanidad.
Se le ha permitido emplear su tiempo de la manera más ociosa y frívola, y adoptar cualquier opinión que se le cruzara en el camino. Desde que los de la milicia de ⸺shire se acuartelaron por primera vez en Meryton, no ha tenido en la cabeza otra cosa que amor, coqueteo y oficiales.
Ha estado haciendo todo lo posible, al pensar y hablar sobre el tema, para dotar de una mayor —¿cómo llamarlo?— susceptibilidad a sus sentimientos, que ya de por todos son bastante vivos. Y todos sabemos que Wickham posee todos los encantos físicos y de trato capaces de cautivar a una mujer.
“Pero ya ve usted que Jane”, dijo su tía, “no tiene tan mal concepto de Wickham como para creerle capaz de semejante intento”.
“¿De quién piensa mal Jane jamás? ¿Y a quién hay, por mala que haya sido su conducta anterior, a quien crea capaz de semejante intento, hasta que se le demuestre?
Pero Jane sabe tan bien como yo cómo es realmente Wickham. Ambas sabemos que ha sido un libertino en todos el sentido de la palabra. Que no tiene ni integridad ni honor. Que es tan falso y embustero como adulador”.