—Querida hermana, ahora ponte seria. Quiero hablar muy seriamente. Dime todo lo que tengo que saber, sin demora. ¿Me dirás cuánto tiempo hace que lo amas?
—Se ha ido gestando tan poco a poco, que apenas sé cuándo empezó. Pero creo que debo fecharlo a partir de la primera vez que vi sus hermosos terrenos en Pemberley.
Sin embargo, una nueva súplica de que hablara en serio produjo el efecto deseado; y pronto satisfizo a Jane con sus solemnes seguridades de afecto. Una vez convencida en ese punto, a la señorita Bennet no le quedaba nada más que desear.
—Ahora soy completamente feliz —dijo ella—, pues tú serás tan feliz como yo. Siempre le he tenido aprecio. Aunque no fuera más que por su amor hacia ti, siempre le habría estimado; pero ahora, como amigo de Bingley y marido tuyo, solo Bingley y tú podéis serme más queridos.
Pero, Lizzy, has sido muy astuta, muy reservada conmigo. ¡Qué poco me contaste de lo que pasó en Pemberley y Lambton! Todo lo que sé al respecto se lo debo a otra persona, no a ti.
Elizabeth le contó los motivos de su secreto. Había sido reacia a mencionar a Bingley; y el estado inestable de sus propios sentimientos le había hecho evitar igualmente el nombre de su amigo. Pero ahora ya no le ocultaría su participación en el matrimonio de Lydia. Todo fue confesado, y la mitad de la noche se pasó en conversación.
—¡Dios mío! —exclamó la señora Bennet, mientras estaba junto a una ventana a la mañana siguiente—, ¡si ese antipático del señor Darcy no viene otra vez aquí con nuestro querido Bingley! ¿Qué querrá decir con ser tan pesado como para venir siempre aquí? Yo no me imaginaba sino que se iría a cazar, o algo por el estilo, y no nos molestaría con su compañía. ¿Qué vamos a hacer con él? Lizzy, tienes que salir a pasear con él otra vez, para que no estorbe a Bingley.