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nydus/Pride and PrejudicePublic
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XLIII

La presentación, sin embargo, se hizo de inmediato; y al nombrar el parentesco que los unía a ella, le dirigió una mirada furtiva para ver cómo lo soportaba, no sin la expectativa de que él pusiera los pies en polvorosa tan rápido como pudiera al verse con unos compañeros tan vergonzosos.

Era evidente que la conexión lo había sorprendido; no obstante, la soportó con fortaleza y, lejos de marcharse, dio media vuelta con ellos y entró en conversación con el señor Gardiner.

A Elizabeth no le quedó más remedio que complacerse, que exultar. Era un consuelo que él supiera que ella tenía algunos parientes por los cuales no había necesidad de ruborizarse. Escuchó con suma atención todo lo que pasó entre ellos, y se engalanó con cada expresión, con cada frase de su tío que denotara su inteligencia, su buen gusto o sus buenos modales.

La conversación no tardó en girar en torno a la pesca, y ella oyó que el señor Darcy le invitaba con la mayor amabilidad a pescar allí siempre que quisiera, mientras continuara en el vecindario, ofreciéndole al mismo tiempo facilitarle los aparejos y señalándole aquellos tramos del arroyo donde solía haber más pesca. La señora Gardiner, que paseaba del brazo de Elizabeth, le dirigió una mirada de asombro. Elizabeth no dijo nada, pero aquello la halagó enormemente; el cumplido tenía que ser exclusivamente para ella. Su sorpresa, sin embargo, era extrema, y no dejaba de repetir: «¿Por qué ha cambiado tanto? ¿A qué se puede deber? No puede ser por mí, no puede ser por mi causa que sus modales se hayan ablandado de este modo. Mis reprensiones en Hunsford no habrían podido obrar un cambio así. Es imposible que todavía me ame».

Después de caminar un rato de este modo, las dos damas delante, los dos caballeros detrás, al retomar sus puestos tras haber bajado a la orilla del río para examinar mejor cierta planta acuática curiosa, se produjo por casualidad una pequeña alteración. Se debió a la señora Gardiner, quien, fatigada por el ejercicio de la mañana, halló que el brazo de Elizabeth no le bastaba para apoyarse y, por consiguiente, prefirió el de su esposo.

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