La velada transcurrió en conjunto agradablemente para toda la familia.
La señora Bennet había visto a su hija mayor muy admirada por el grupo de Netherfield. El señor Bingley había bailado con ella dos veces, y sus hermanas la habían distinguido. Jane estaba tan complacida por esto como su madre podía estarlo, aunque de un modo más tranquilo. Elizabeth sentía el placer de Jane.
Mary se había oído mencionar ante la señorita Bingley como la muchacha más culta del vecindario; y Catherine y Lydia habían tenido la fortuna de no quedarse nunca sin pareja, que era todo lo que hasta entonces les importaba en un baile.
Regresaron, por tanto, de buen humor a Longbourn, el pueblo donde vivían y del que eran los principales habitantes. Encontraron al señor Bennet todavía levantado. Con un libro, era ajeno al tiempo; y en esta ocasión tenía bastante curiosidad por el desenlace de una velada que había suscitado tan magníficas expectativas. Más bien había esperado que todas las miras de su mujer sobre el recién llegado se vieran frustradas; pero pronto descubrió que iba a escuchar una historia muy diferente.
—¡Ay, querido señor Bennet —exclamó al entrar en la habitación—, hemos tenido una velada de lo más encantadora, un baile magnífico! Ojalá hubieras estado allí. A Jane la admiraron muchísimo, no hay nada igual. Todo el mundo decía lo bien que se veía; y al señor Bingley le pareció hermosísima y bailó con ella dos veces. ¡Piénsate eso, querido; de verdad que bailó con ella dos veces!; y ella fue la única criatura en la sala a la que se lo pidió por segunda vez.