en atormentar a un hombre respetable. Preferiría recibir el cumplido de que se me crea sincera. Le agradezco una y otra vez el honor que me ha hecho con su propuesta, pero aceptarla es absolutamente imposible. Mis sentimientos en todos los aspectos lo prohíben. ¿Puedo hablar con mayor claridad? No me considere ahora como una mujer elegante que intenta mortificarle, sino como un ser racional que dice la verdad desde el fondo de su corazón”.
—¡Es usted uniformemente encantadora! —exclamó él, con un aire de torpe galantería—; y estoy convencido de que, cuando cuente con la expresa autoridad de sus dos excelentes padres, mis pretensiones no dejarán de ser bien recibidas.
A semejante perseverancia en el autoengaño voluntario, Elizabeth no quiso replicar nada y, de inmediato y en silencio, se retiró; decidida, si él insistía en tomar sus reiteradas negativas como un estímulo halagüeño, a acudir a su padre, cuya negativa podría expresarse de un modo que resultara decisivo y cuyo comportamiento, al menos, no se pudiera confundir con la afectación y la coquetería de una mujer elegante.