—Iré a Meryton —dijo—, tan pronto como esté arreglada, y le daré la buena, buenísima noticia a mi hermana Philips. Y a la vuelta, puedo pasar a ver a Lady Lucas y a la señora Long.
Kitty, baja a pedir el carruaje. Un paseo me sentará de maravilla, estoy segura. Niñas, ¿puedo haceros algún encargo en Meryton?
¡Ah! Ahí viene Hill. Mi querida Hill, ¿te has enterado de la buena noticia? La señorita Lydia va a casarse, y todos tomaréis un cuenco de ponche para celebrarlo en su boda.
La señora Hill comenzó al instante a manifestar su alegría. Elizabeth recibió sus felicitaciones junto con las demás y luego, harta de tanta necedad, se refugió en su propia habitación para poder pensar con total libertad.
La situación de la pobre Lydia debía de ser mala en el mejor de los casos; pero, al no ser peor, tenía razones para dar gracias.
Así lo sentía ella; y aunque, al mirar hacia el futuro, no se pudiera esperar fundadamente para su hermana ni felicidad racional ni prosperidad terrenal, al mirar atrás hacia lo que habían temido hacía apenas dos horas, sentía todas las ventajas de lo que habían ganado.