Miss Bennet aceptó la invitación de su tía con agrado; y los Bingley no estaban presentes en sus pensamientos en aquel momento de otro modo que no fuera esperando que, al no vivir Caroline en la misma casa que su hermano, pudiera pasar ocasionalmente una mañana con ella, sin ningún peligro de verlo a él.
Los Gardiner se quedaron una semana en Longbourn; y entre los Philips, los Lucas y los oficiales, no hubo un solo día sin un compromiso.
La señora Bennet se había ocupado con tanto esmero del entretenimiento de su hermano y su cuñada, que ni una sola vez se sentaron a cenar en familia.
Cuando el compromiso era en casa, algunos de los oficiales siempre formaban parte de él, y entre esos oficiales el señor Wickham no faltaba nunca; en tales ocasiones, la señora Gardiner, puesta en sospecha por los cálidos elogios que Elizabeth le había dedicado, los observó a ambos de cerca.
Sin llegar a suponer, por lo que vio, que estuvieran muy seriamente enamorados, la preferencia mutua era lo bastante evidente como para ponerla un poco inquieta; y decidió hablar con Elizabeth sobre el tema antes de marchar de Hertfordshire, y hacerle ver lo imprudente que era fomentar semejante apego.
Para la señora Gardiner, Wickham tenía un medio de proporcionarle placer que no guardaba relación con sus dotes habituales.
Unos diez o doce años atrás, antes de casarse, ella había pasado bastante tiempo en aquella misma zona de Derbyshire a la que él pertenecía. Por lo tanto, tenían muchos conocidos en común; y, aunque Wickham había estado poco por allí desde la muerte del padre de Darcy, ocurrida cinco años antes, aún estaba en sus manos darle noticias más frescas de sus antiguos amigos de las que ella había tenido la oportunidad de conseguir.