llevar conmigo una fuente constante de pesar por la ausencia de mi hermana, puedo esperar razonablemente ver realizadas todas mis expectativas de felicidad. Un proyecto cuyas partes prometen solo dicha jamás puede tener éxito, y el desengaño general solo se evita gracias a la defensa de alguna pequeña y particular molestia”.
Cuando Lydia se marchó, prometió escribir muy a menudo y con todo detalle a su madre y a Kitty; pero sus cartas siempre se hacían esperar mucho y eran siempre muy breves. Las dirigidas a su madre apenas contenían otra cosa que no fuera que acababan de regresar de la biblioteca, donde tal y cual oficial los había acompañado, y donde había visto unos adornos tan hermosos que la habían vuelto loca; que tenía un vestido nuevo o una sombrilla nueva, que habría descrito con más detalle, pero que se veía obligada a dejarlo a toda prisa porque la señora Forster la llamaba y se iban al campamento; y de su correspondencia con su hermana había todavía menos que aprender, pues las cartas a Kitty, aunque algo más largas, estaban demasiado llenas de rayas debajo de las palabras como para hacerlas públicas.
Después de las primeras dos o tres semanas de su ausencia, la salud, el buen humor y la alegría comenzaron a reaparecer en Longbourn. Todo adquirió un aspecto más feliz.
Las familias que habían estado en la capital durante el invierno regresaron, y surgieron los atavíos y los compromisos veraniegos. Mrs. Bennet recuperó su habitual y quejumbrosa serenidad, y a mediados de junio Kitty se había recuperado lo suficiente como para poder entrar en Meryton sin lágrimas; un acontecimiento de tan feliz augurio que hizo albergar a Elizabeth la esperanza de que, para las Navidades siguientes, pudiera llegar a ser lo bastante razonable como para no mencionar a un oficial más de una vez al día, a menos que, por algún cruel y malicioso decreto del ministerio de la guerra, otro regimiento fuera acuartelado en Meryton.