Más de una vez, durante sus paseos por el parque, Elizabeth se encontró inesperadamente con el señor Darcy. Sintió toda la perversidad de aquel contratiempo que lo llevaba precisamente a él a un lugar donde nadie más acudía; y, para evitar que volviera a suceder, se cuidó de advertirle desde un principio que aquel era su rincón favorito.
¡Resultaba de lo más extraña, por tanto, la forma en que aquello pudo ocurrir por segunda vez! Y sin embargo ocurrió, e incluso una tercera. Parecía una mala intención deliberada o una penitencia voluntaria, pues en tales ocasiones no se trataba meramente de unas cuantas preguntas de fórmula, una pausa incómoda y luego cada uno por su lado, sino que él realmente consideraba necesario dar media vuelta y caminar con ella.
Él nunca hablaba demasiado, ni ella se tomaba la molestia de hablar o de escuchar mucho; pero durante su tercer encuentro le llamó la atención que él estuviera haciendo unas preguntas extrañas y sin ilación: sobre el placer que le producía estar en Hunsford, su afición por los paseos solitarios y su opinión acerca de la felicidad del señor y la señora Collins; y que al hablar de Rosings y de que ella no conocía del todo la casa, parecía dar por sentado que, siempre que volviera a Kent, se alojaría también allí.
Sus palabras parecieron darlo a entender. ¿Podría tener en mente al coronel Fitzwilliam? Supuso que, si aquello significaba algo, debía de ser una alusión a lo que pudiera surgir por ese lado. Le causó un poco de inquietud, y se alegró bastante de verse ante la puerta de la empalizada frente a la vicaría.
Un día, mientras caminaba, iba dedicada a releer la última carta de Jane y a detenerse en algunos pasajes que demostraban que Jane no había escrito