Aunque no se atrevía a confiar en el resultado, le producía placer, no obstante, observar su conducta. Le infundía toda la animación de la que su ánimo era capaz, pues no se encontraba de muy buen humor. El señor Darcy estaba casi tan lejos de ella como se lo permitía la distancia de la mesa. Se hallaba a un lado de su madre. Ella sabía cuán poco placer le reportaría tal situación a cualquiera de los dos, o haría que cualquiera de ambos luciera ventajosamente. No estaba lo suficientemente cerca como para oír nada de su conversación, pero podía ver cuán pocas veces se hablaban el uno al otro, y cuán formal y fría era su actitud siempre que lo hacían. La desortesía de su madre hacía que la conciencia de lo que le debían resultara aún más penosa para la mente de Elizabeth; y, a veces, habría dado cualquier cosa por tener el privilegio de decirle que su amabilidad no era ni ignorada ni menospreciada por el conjunto de la familia.
Ella tenía la esperanza de que la velada ofreciera alguna oportunidad de reunirlos; de que toda la visita no transcurriera sin permitirles entablar algo más de conversación que el mero saludo ceremonioso de su llegada.
Ansiosa e inquieta, la etapa que pasó en el salón, antes de que llegaran los caballeros, resultó tediosa y aburrida hasta un punto que casi la hizo descortés.
Esperaba la entrada de ellos como el momento del que dependía toda su posibilidad de disfrutar de la velada.
—Si él no viene a mí —dijo ella—, lo abandonaré para siempre.
Los caballeros llegaron; y a ella le pareció que él tenía el aire de querer satisfacer sus esperanzas; pero ¡ay!, las damas se habían apiñado alrededor de la mesa, donde la señorita Bennet servía el té y Elizabeth el café, formando una liga tan estrecha que no quedaba ni un solo hueco junto a