buen humor y amabilidad. * El señor Darcy dijo muy poco, y el señor Hurst nada en absoluto. El primero oscilaba entre la admiración por el brillo que el ejercicio había dado a su rostro y las dudas de que el motivo justificara que hubiera venido tan lejos sola. El segundo solo pensaba en su
Sus preguntas por su hermana no obtuvieron una respuesta muy favorable. La señorita Bennet había dormido mal y, aunque ya se había levantado, tenía mucha fiebre y no se encontraba lo bastante bien como para salir de su habitación.
A Elizabeth le alegró que la llevaran junto a ella de inmediato; y a Jane, a quien solo el miedo a causar alarma o molestias le había impedido expresar en su nota cuánto deseaba una visita así, le encantó verla entrar.
Sin embargo, no estaba para mucha conversación, y cuando la señorita Bingley las dejó solas, apenas pudo intentar otra cosa que no fueran expresiones de gratitud por la extraordinaria amabilidad con la que la trataban. Elizabeth la atendió en silencio.
Terminado el desayuno, se les unieron las hermanas; y a la propia Elizabeth empezaron a agradarle al ver cuánto afecto y solicitud mostraban por Jane.
Llegó el boticario y, tras examinar a su paciente, declaró, como era de suponer, que había cogido un fuerte resfriado y que debían esforzarse por superarlo; le aconsejó que volviera a la cama y le prometió algunas pociones.
El consejo se siguió de buena gana, pues los síntomas febriles aumentaban y le dolía la cabeza intensamente. Elizabeth no abandonó su habitación ni un momento, ni las otras señoras se ausentaban a menudo; como los caballeros estaban fuera, de hecho no tenían nada que hacer en otra parte.