Este era un triste presagio de cómo podría ser el comportamiento de su madre hacia el propio caballero; y Elizabeth descubrió que, a pesar de poseer con certeza su más ardiente afecto y de tener asegurado el consentimiento de sus parientes, todavía quedaba algo que desear.
Pero el día siguiente transcurrió mucho mejor de lo que esperaba; pues, por fortuna, la señora Bennet sentía tanto respeto por su futuro yerno que no se atrevía a dirigirle la palabra, a menos que estuviera en su mano ofrecerle alguna atención o mostrarle su deferencia por su opinión.
Elizabeth tuvo la satisfacción de ver que su padre se esmeraba en llegar a conocerlo; y el señor Bennet pronto le aseguró que cada hora iba ganando más en su estima.
—Admiro muchísimo a mis tres yernos —dijo él—. Wickham, tal vez, sea mi preferido; pero creo que tu marido me va a gustar tanto como el de Jane.