semanas, creía él.
—Cuando haya matado todas sus propias aves, señor Bingley —dijo su madre—, le ruego que venga aquí y cace tantas como le plazca en las tierras del señor Bennet. Estoy segura de que estará encantado de complacerle y le guardará las mejores bandadas.
¡La miseria de Elizabeth aumentó ante semejante e innecesaria, ante tan oficiosa atención!
Si se presentara ahora la misma hermosa perspectiva que las había engatusado hacía un año, estaba convencida de que todo avanzaría rápidamente hacia la misma fastidiosa conclusión.
En aquel instante sintió que años de felicidad no podrían compensar a Jane ni a ella misma por momentos de tan dolorosa confusión.
“El primer deseo de mi corazón —se dijo a sí misma— es no volver a estar nunca en compañía de ninguno de los dos. ¡Su trato no puede ofrecer ningún placer que compense una desdicha semejante! ¡Que no vuelva a ver ni al uno ni a la otra jamás!”