El tiempo fijado para el comienzo de su viaje por el Norte se iba acercando rápidamente; y para que este tuviera lugar faltaban tan solo dos semanas, cuando llegó una carta de la señora Gardiner que retrasó su inicio y recortó su duración al mismo tiempo.
A causa de unos asuntos de negocios, al señor Gardiner le sería imposible emprender el viaje hasta dos semanas más tarde de julio, y tendría que estar de vuelta en Londres en el plazo de un mes; y como eso dejaba un período demasiado corto para ir tan lejos y ver todo lo que se habían propuesto, o al menos para verlo con la tranquilidad y comodidad con las que contaban, se vieron obligados a renunciar a los lagos y a sustituirlos por un recorrido más reducido; y, según el plan actual, no irían más al norte que a Derbyshire.
En aquel condado había suficiente que ver para ocupar la mayor parte de sus tres semanas; y para la señora Gardiner este poseía un atractivo particularmente fuerte. El pueblo donde antaño había pasado algunos años de su vida, y en el que ahora iban a pasar unos días, era probablemente motivo de tanta curiosidad para ella como todas las célebres bellezas de Matlock, Chatsworth, Dovedale o el Peak.
Elizabeth estaba excesivamente decepcionada; se le había metido en la cabeza ver los Lagos, y aún creía que habría habido tiempo de sobra. Pero su obligación era estar satisfecha —y sin duda su carácter, ser feliz—; y todo volvió a estar bien muy pronto.
Con la mención de Derbyshire, vinieron muchas ideas a la mente. Le era imposible ver la palabra sin pensar en Pemberley y en su dueño.
—Pero seguramente —dijo ella—, podré entrar en su condado con impunidad y robarle unas cuantas lajas petrificadas sin que él lo note.
El período de espera quedó duplicado. Cuatro semanas debían transcurrir antes de la llegada de su tío y su tía. Pero transcurrieron, y el