de la familia que se largaran. La señora Hurst y su hermana apenas abrieron la boca salvo para quejarse del cansancio, y se mostraban evidentemente impacientes por tener la casa para ellas solas. Repelieron todo intento de conversación por parte de la señora Bennet y, al hacerlo, impregnaron a todo el grupo de un hastío que el señor Collins aliviaba muy poco con sus largos discursos, en los que felicitaba al señor Bingley y a sus hermanas por la elegancia de su recepción y por la hospitalidad y cortesía que habían caracterizado su comportamiento con los invitados. Darcy no dijo absolutamente nada. El señor Bennet, con igual silencio, disfrutaba de la escena. El señor Bingley y Jane estaban de pie juntos, un poco apartados del resto, y hablaban únicamente el uno con el otro. Elizabeth mantuvo un silencio tan constante como el de la señora Hurst o la señorita Bingley; y hasta Lydia estaba demasiado cansada para pronunciar algo más que la exclamación ocasional de «¡Dios, qué cansada estoy!», acompañada de un violento bostezo.
Table of Contents
XVIII
139