que correspondía a la primogenitura; y durante la primera velada fue su elegida indiscutible. La mañana siguiente, sin embargo, trajo un cambio; pues en un cuarto de hora de conversación a solas con la señora Bennet antes de desayunar —una conversación que comenzó con su casa rectoral y condujo de manera natural a la confesión de su esperanza de que pudiera hallarse una dueña para ella en Longbourn—, obtuvo de esta, entre sonrisas muy complacientes y estímulos generales, una advertencia respecto a la misma Jane en quien él se había fijado. > “En cuanto a sus hijas menores, no se atrevía a asegurar —no podía responder categóricamente—, pero no tenía conocimiento de ninguna inclinación; su hija mayor, debía mencionar —creía su deber insinuarlo—, es muy probable que muy pronto esté
Mr. Collins no tuvo más que cambiar su mira de Jane a Elizabeth—y lo hizo enseguida—, lo hizo mientras la señora Bennet removía el fuego. Elizabeth, la siguiente a Jane tanto por orden de nacimiento como por belleza, la sucedió por supuesto.
La señora Bennet guardó bien la pista, confiando en que pronto tendría a dos hijas casadas; y el hombre de quien no podía soportar ni hablar el día anterior, gozaba ahora de su mayor favor.
El propósito de Lydia de ir a pie a Meryton no fue olvidado; todas las hermanas, excepto Mary, accedieron a acompañarla, y el señor Collins iba a escoltarlas, a petición del señor Bennet, quien estaba ansioso por librarse de él y quedarse solo en su biblioteca; pues hasta allí lo había seguido el señor Collins después de desayunar, y allí pensaba seguir, ocupado en teoría con uno de los infolios más grandes de la colección, pero dedicado en realidad a hablarle al señor Bennet, casi sin pausa, de su casa y su jardín en Hunsford.