queridísima tía —exclamó con éxtasis—, ¡qué delicia! ¡qué felicidad! Me das nueva vida y vigor. Adiós a la desilusión y al mal humor. ¿Qué son los hombres comparados con las rocas y las montañas? ¡Oh!, ¡qué horas de éxtasis vamos a pasar! Y cuando regresemos, no será como los demás viajeros, que no saben dar una idea exacta de nada. Sabremos por dónde hemos ido; recordaremos lo que hemos visto. Lagos, montañas y ríos no se mezclarán en nuestra imaginación; ni, cuando intentemos describir un paraje determinado, empezaremos a discutir sobre su situación exacta. Hagamos que nuestros primeros desahogos sean menos insoportables que los de la generalidad de los viajeros.
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XXVII
201