Las primeras cartas de Charlotte se recibieron con bastante impaciencia; era inevitable sentir curiosidad por saber cómo hablaría de su nuevo hogar, cómo le caería Lady Catherine y cuán feliz se atrevería a declararse; aunque, al leer las cartas, Elizabeth sintió que Charlotte se expresaba sobre cada punto exactamente como lo habría previsto. Escribía alegremente, parecía rodeada de comodidades y no mencionaba nada que no pudiera alabar. La casa, los muebles, el vecindario y los caminos eran todos de su agrado, y el comportamiento de Lady Catherine era de lo más amistoso y complaciente. Era la descripción que el señor Collins hacía de Hunsford y Rosings, atenuada de manera sensata; y Elizabeth comprendió que tendría que esperar a su propia visita allí para saber el resto.
Jane ya había escrito unas pocas líneas a su hermana para anunciarle su llegada sin novedad a Londres; y cuando volviera a escribir, Elizabeth esperaba que estuviera en su mano decir algo de los Bingley.
Su impaciencia por esta segunda carta se vio tan bien recompensada como suele serlo la impaciencia.
Jane llevaba una semana en la ciudad, sin haber visto ni sabido nada de Caroline. No obstante, se lo explicaba pensando que su última carta a su amiga desde Longbourn se había perdido por algún accidente.
—Mi tía —continuó— va mañana a esa parte de la ciudad, y aprovecharé la oportunidad para hacer una visita a la calle Grosvenor.
Volvió a escribir cuando la visita estuvo hecha, y hubo visto a la señorita Bingley. > «No me pareció que Caroline estuviera con buen ánimo —fueron sus palabras—, pero se alegró mucho de verme y me reprochó que no le hubiera avisado de mi llegada