tan severa con su propio sexo como para dudar de la posibilidad de todo
“Nunca vi a tal mujer. Nunca vi reunidas tanta capacidad, y buen gusto, y aplicación, y elegancia, como describes”.
La señora Hurst y la señorita Bingley protestaron a gritos contra la injusticia de su duda implícita, y ambas aseguraban que conocían a muchas mujeres que respondían a esa descripción, cuando el señor Hurst las llamó al orden con amargas quejas por su falta de atención a lo que estaba ocurriendo. Como de este modo se puso fin a toda conversación, Elizabeth salió de la habitación poco después.
—Eliza Bennet —dijo la señorita Bingley cuando la puerta se cerró tras ella— es de esas jóvenes que buscan recomendarse al otro sexo menospreciando el suyo; y con muchos hombres, me atrevo a decir, da resultado. Pero, en mi opinión, es un recurso mezquino, un arte muy ruin.