que haberse comportado de modo que se evitara cualquier parte de semejante censura es una alabanza que se le tributa a usted y a su hermana mayor con la misma generalidad con que honra el juicio y el carácter de ambas. Solo añadiré que, por lo ocurrido aquella noche, mi tenaz opinión sobre todas las partes quedó confirmada y se acentuó cualquier incentivo que pudiera haberme llevado antes a preservar a mi amigo de lo que consideraba una conexión de lo más desafortunada. Al día siguiente salió de Netherfield hacia Londres, como usted sin duda recuerda, con el propósito de regresar pronto. Ahora debo explicar el papel que desempeñé. La inquietud de sus hermanas se había desatado al mismo tiempo que la mía; la coincidencia de nuestros sentimientos no tardó en descubrirse; y, conscientes por igual de que no había tiempo que perder para apartar a su hermano, decidimos en breve unirnos a él directamente en Londres. Así lo hicimos, y allí asumí de buen grado la tarea de señalar a mi amigo los males ciertos de semejante elección. Los describí y encarecí con firmeza. Pero por mucho que esta reconvención hubiera podido hacer vacilar o retrasar su determinación, no supongo que le hubiera impedido en última instancia el matrimonio de no haber estado respaldada por la seguridad que no dudé en darle acerca de la indiferencia de su hermana. Él había creído antes que ella correspondía a su afecto con un cariño sincero, si bien no igual. Pero Bingley posee una gran modestia natural, y confía más en mi juicio que en el suyo propio. Convencerlo, por tanto, de que se había engañado a sí mismo no fue tarea muy difícil. Persuadirlo de que no regresara a Hertfordshire, una vez lograda esa convicción, fue poco menos que obra de un momento.
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Capítulo XXXV
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