¡Dios santo! ¡Bendito sea el Señor! ¡Solo piénsalo! ¡Madre mía! ¡El señor Darcy! ¡Quién iba a decirlo! ¿Y es verdad de verdad?
¡Ay! ¡Mi dulce Lizzy! ¡Qué rica y qué grande vas a ser! ¡Qué asignación para gastos, qué joyas, qué carruajes vas a tener! Lo de Jane no es nada comparado con esto; nada en absoluto. Estoy tan contenta; tan feliz.
¡Un hombre tan encantador! ¡Tan guapo! ¡Tan alto! ¡Ay, mi querida Lizzy! Por favor, pídele disculpas por haberle tenido tanta tirria antes. Espero que lo pase por alto. Querida, querida Lizzy. ¡Una casa en la ciudad! ¡Todo lo que es encantador! ¡Tres hijas casadas! ¡Diez mil al año! ¡Ay, Dios! ¿Qué va ser de mí? Me voy a volver loca.
Esto bastaba para demostrar que no se debía dudar de su aprobación: y Elizabeth, regocijándose de que semejante efusión solo hubiera sido oída por ella misma, se fue al poco rato.
Pero antes de que hubiera estado tres minutos en su propia habitación, su madre la siguió.
—¡Mi querida niña —exclamó—, no puedo pensar en otra cosa! ¡Diez mil alforzas al año, y muy probablemente más! ¡Es casi como un lord! Y una licencia especial. Debes y tienes que casarte con una licencia especial. Pero, mi amor más querido, dime qué plato le gusta en particular al señor Darcy, para que lo mande preparar mañana.