amabilidad con Jane, disculpándose además por haberle molestado también con Lizzy. El señor Bingley fue genuinamente cortés en su respuesta, y obligó a su hermana menor a serlo también, y a decir lo que la ocasión requería. Ella cumplió su papel, es verdad, sin mucha gracia, pero la señora Bennet se dio por satisfecha y poco después mandó llamar su carruaje. Ante esta señal, la menor de sus hijas dio un paso al frente. Las dos muchachas habían estado susurrándose la una a la otra durante toda la visita, y el resultado de aquello fue que la menor le reclamaría al señor Bingley la promesa que había hecho, al poco de llegar al condado, de dar un baile en Netherfield.
Lydia era una muchacha robusta y bien desarrollada de quince años, de buen semblante y rostro risueño; era la favorita de su madre, cuyo cariño la había introducido en sociedad a una edad temprana.
Tenía un gran entusiasmo vital y una especie de importancia personal innata que las atenciones de los oficiales —a quienes se había ganado con las buenas cenas de su tío y sus maneras desenvueltas— habían convertido en descaro.
Se sentía, por tanto, muy capaz de dirigirse al señor Bingley acerca del asunto del baile, y le recordó de repente su promesa, añadiendo que sería lo más vergonzoso del mundo que no la cumpliera. Su respuesta a este repentino ataque fue música para los oídos de su madre.
—Estoy perfectamente dispuesto, te lo aseguro, a cumplir con mi compromiso; y cuando tu hermana se haya recuperado, podrás, si te parece bien, fijar el día exacto del baile. Pero no querrás estar bailando mientras ella está enferma.
Lydia se declaró satisfecha.