Aunque el matrimonio de Lydia se hubiera concertado en las condiciones más honrosas, no era de suponer que el señor Darcy fuera a emparentar con una familia a la que, a cualquier otro inconveniente, se sumaría ahora una alianza y un parentesco de la más cercana índole con el hombre a quien con tanta justicia despreciaba.
De semejante vínculo no podía extrañarle que él huyera. El deseo de ganarse su afecto, del que se había convencido de que él sentía en Derbyshire, no podía sobrevivir de manera razonable a un golpe como este.
Se sentía humillada, afligida; se arrepentía, aunque apenas sabía de qué.
Anhelaba conservar su estima cuando ya no podía esperar verse beneficiada por ella.
Deseaba tener noticias de él cuando parecía haber menos posibilidades de obtener información.
Estaba convencida de que habría sido feliz a su lado, cuando ya no era probable que volvieran a encontrarse.
¡Qué triunfo para él, como a menudo pensaba, de saber que aquellas propuestas que ella había rechazado con orgullo hacía solo cuatro meses, habrían sido ahora alegre y agradecidamente recibidas!
Él era tan generoso, no lo dudaba, como el más generoso de su sexo. Pero mientras fuera mortal, tenía que haber un triunfo.
Empezó entonces a comprender que él era exactamente el hombre que, por su carácter y sus prendas, más le convenía. Su inteligencia y su genio, aunque distintos de los suyos, habrían colmado todos sus deseos. Habría sido una unión ventajosa para ambos; con su soltura y su viveza, el espíritu de él se habría suavizado, sus