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nydus/Pride and PrejudicePublic
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Capítulo XXXV

Elizabeth se despertó a la mañana siguiente con los mismos pensamientos y reflexiones que al fin le habían cerrado los ojos. Aún no se recuperaba de la sorpresa de lo ocurrido; era imposible pensar en otra cosa y, totalmente indispuesta para cualquier ocupación, decidió, poco después de desayunar, regalarse un poco de aire y ejercicio.

Iba directamente hacia su paseo favorito, cuando el recuerdo de que el señor Darcy solía ir por allí la detuvo y, en vez de entrar en el parque, tomó por el sendero que la alejaba de la carretera principal. La empalizada del parque seguía siendo el límite a un lado, y pronto pasó por una de las puertas que daban a los terrenos.

Después de recorrer dos o tres veces aquella parte del camino, se sintió tentada, por lo agradable de la mañana, a detenerse en las cancelas y mirar hacia el parque. Las cinco semanas que llevaba en Kent habían transformado notablemente el paisaje, y cada día aumentaba el verdor de los árboles tempranos. Estaba a punto de continuar su paseo cuando vislumbró a un caballero dentro del bosquecillo que bordeaba el parque; avanzaba en esa dirección y, temiendo que fuese el señor Darcy, se retiró al instante. Pero la persona que se acercaba ya estaba lo suficientemente cerca como para verla y, dando un paso al frente con entusiasmo, pronunció su nombre. Ella se había vuelto, pero al oírse llamar, aunque con una voz que demostraba que era el señor Darcy, volvió a dirigirse hacia la cancela. Él ya había llegado hasta ella también y, tendiéndole una carta que ella tomó por instinto, dijo con una mirada de altiva compostura: «Llevo un rato paseando por el bosquecillo con la esperanza de encontrarla. ¿Me haría el honor de leer esta carta?». Y luego, con una ligera inclinación, regresó a la plantación y pronto desapareció de la vista.

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